Cine

Tristemente debo decir que no recuerdo el primer videoclub que pisé en mi vida. Pero sí recuerdo que lo regentaba un bigotón con pinta de moderno para su edad y su tiempo, recuerdo también su coche rojo (un Seat, creo) tenía una pegatina enorme que se leía Joneymel. Según supe luego, eran las iniciales de los nombres de sus tres hijos. No puedo decir realmente que yo viera mucho cine sacado de aquel videoclub: más bien, traté de robarme videojuegos del nintendo 64, que estaba recién salido por aquel entonces. Yo era el típico niño flaco y feo que todos ustedes imaginan perfectamente, y adoraba a Dragon Ball y Pokemon. Así que yo entonces sólo iba al videoclub a mirar el Dragon Ball Final Bout, que valía pocos pesos, y para mí los estantes con VHS eran los que estaban detrás de los videojuegos, y al lado de la salita con una cortina que guardaba el porno. El siguiente videoclub al que me apunté ya me agarró siendo capaz de ir andando solo al barrio de al lado. Aquel videoclub, un local pequeño al lado de un puesto de chucherías de inevitable visita, fue para mí durante mucho tiempo lo que para Bastian cierto ático o para Borges la biblioteca de su padre: un sitio donde escapar durante horas a un sitio que aun hoy me sería difícil describir. Aún recuerdo vivamente a mi yo de 11 o 12 años mirando la portada de los recién salidos DVDs de eXistenZ pensando: “¡pero si eso no se escribe así!, y además se la mamaron con las mayúsculas”. También cabe decir que en ese club conocí grandes títulos del porno de adolescentes neófitos en la materia, por cierto (El confesionario y otras joyas). Concretamente, hubo un verano en que pasaba casi todas las tardes en un club totalmente diferente mucho más lejos de casa. Me cogió ya con los 13 o 14, con la adolescencia a flor de hormona, el jerbi mental en la sangre, las sudaderas de The Beatles y la cadena de Jesús al cuello. Ya se lo imaginan. También coincidió con la época en que me dio por dar más vueltas en el PC que un maricón en una piscina, y por pensar que en 64 GB podían caber todas las películas que yo quisiera ver a lo largo de mi vida. Así que me alquilaba dos, tres o cuatro cada día, todo DVDs ahora, y trasteaba con ellas en el PC. En el proceso de trastear con ellas las veía, claro. Vi más de cien películas de todos los tipos aquel verano, casi seguro. También en ese videoclub, regentado esta vez por un treintañero regordete y friki consolero (ah, las almas gemelas), tuve mis primeros contactos con la mezcla mortal para el estómago pero deliciosa que es la cerveza Indio medianamente fría, los Delicados y los paquetes gordos de Doritos. Todavía muchos días estoy tentado de volver al barrio a ver si el videoclub sigue abierto, pero seguramente eso lo estropearía todo. No quiero volver. Finalmente, el último videoclub por el que paré fue diferente, desangelado. Tal vez porque por entonces ya tenía 16, y había perdido las ilusiones, los ideales, y me había convertido en el cabrón cínico que conocen todos los que me conocen. Me gustaba parar por el videoclub a mirar los estantes, investigando por si encontraba algo interesante entre spidermans, hulks y demás cosas. Todo esto desontoxicado por el espíritu esnob del que siempre me quiero andar purgando, a pesar de entonces no tener ni puta idea de qué significaban palabras como neorrealismo ni quién era ese tal Griffith. En fin, en aquel tiempo disfrutaba charlando con el dependiente de tonterías y de los estrenos de la semana y de la carrera de Jack Nicholson, pero en el fondo le consideraba un ignorante y le despreciaba, como entonces lo despreciaba casi absolutamente todo. Una corrupción del alma de la que aún me avergüenzo hoy. Así que al poco tiempo dejé de ir. No puedo recordar nada más de ese sitio, a pesar de que es el más reciente de todos. El color claro de la madera de los estantes, y que ahora, si mal no recuerdo, es una floristería y tiene delante una parada de autobús. Y luego poco más que merezca la pena contar. Media Player Classic, Videolan, eMule, BitTorrent. Sí, ahora tengo 2000 GB de discos duros enchufados a mi ordenador y puedo descargarme y ver las películas que me dé la gana y cuando quiera. Pero luego no puedo comentarlas con quien quisiera ni como quisiera, y me limito a poner un numerito feo y, si ando animado, escribir seis o siete líneas para FilmAffinity, y guardar la película en la colección. No hay risas, ni discusiones, ni mujeres, ni cervezas, ni tabaco ni Doritos. Que sí, que es todo el cine que yo quiera. Pero ¡puta madre!

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