Eterno retorno

Para N.

Pienso en Avey Singer cuando era niño, en el Woody Allen que se asusta porque el universo se está expandiendo y de manera simple le da un alto a su vida. Y es que en nada difiere que existas o no, porque nada va a cambiar si te mueres ahora o en diez años, o si nunca hubieras nacido. Como en aquel poema de Juan Ramón Jimenez.

Es increíble, pero aunque no parezca, casi todo lo que vemos en memoria, es una visión platónica que refleja la memoria viva, o semimuerta, de una memoria a secas. Las estrellas que miramos no son sino el rumor de algún sol que brilló ante otros, incluso puede que esa estrella ya no exista y solo veamos su mortecina despedida.

¿Habrá existido entonces en otro tiempo la misma historia? Esta pregunta seguro que hubiera emocionado a Platón. Pero entonces, ¿no seriamos más que una duplicación, una relectura, como le hubiera encantado a Borges?

En todo caso, si es que somos un recuerdo, o una repetición y si no vamos a ser sino repeticiones, a mí me gustaría encontrarte todas las veces que vayamos a existir bajo otros soles y bajo otras lunas. Que si nos vamos a repetir infinitamente, quisiera que te volvieras a cruzar y nos volviéramos a ver. A cometer el mismo pecado una y mil veces, en un sol o en un agujero negro, en Puebla o en una galaxia tan lejana; cuando Puebla sea también solo un recuerdo que miramos en el cielo, en forma de estrella. Y si no hacemos más que repetirnos, ojalá pudiera conocerte otra vez, aunque te volvieras a ir.


¿Mentiroso o escritor? Quizás dé lo mismo.

Las primeras páginas de “Tu rostro mañana, fiebre y lanza” hablan sobre por qué no se debería contar nunca nada. Pero también habla sobre el arte de la mentira, del engaño. Es más fácil decir la verdad, dice Marías. Yo le preguntaría si además de fácil también sería igual de entretenido.

Pero creo que hice una mala cita. Creo que quería hablar de “Corazón tan blanco” porque es allí donde habla sobre el ocultamiento, sobre las cosas que es mejor no enterarse nunca o no contar. El engaño es el tropo literario fundamental: el pacto biográfico que nos permite entender la conexión entre la realidad y lo literario es, más que un elemento que le inyecta verosimilitud a cualquier relato, un engaño, una estafa vil. Los escritores son fabuladores y por tanto estafadores. Pensemos por un momento en Sherezadee, en las mil y una noches. Para ella es realmente vital narrar. Si no narra no sobrevive. Si no miente, no sobrevive.

Pero las aguas se ponen turbias cuando pensamos en Borges. Lo recuerdo diciendo que nada está libre de engañar porque el lenguaje es, por sí solo, una metáfora de la realidad. Y la metáfora es una réplica fallida, una mentira, un fracaso.

Sin embargo, a medida que nos vamos acercando más a la literatura, aceptándola como engaño, como una copia apócrifa, entendemos esta condición. Entonces nos sumimos a las reglas del texto. aceptamos la asunción de remedios la bella sin reparos. Entramos en el hechizo de Poe y de Lowry. En el quito imposible de palacio. Luchamos contra molinos de viento. Pero ¿qué pasa entonces cuando leemos de nuevo El jardín de los senderos que se bifurcan y nos damos cuenta que dentro del cuento se nos engaña otra vez? ¿Que Borges nos miente siempre en la mentira? ¿Que somos engañados dos veces? Allí aparece una angustia.  Angustia de haber una vida que no teníamos que vivir y vivimos. De pronto quedamos anulados. Eso que creímos se viene abajo, y nosotros nos vamos con eso; ya no como Altazor sino como un paracaidista al que no se le abre el paracaídas.

Y el golpe es fatal.


Cualidades y mujeres

Los últimos días me he puesto a reflexionar sobre lo vacuo de mis dotes románticos. Sé que la observación de la naturaleza es uno de los pocos placeres a los que se puede dedicar un opositor. Así, a través de mi ventana puedo ver como crece el musgo en la pared del edificio de en frente, a escasos 5 metros. Como comprenderán uno se cansa pronto de observar la naturaleza y vuelve a los libros, o a las películas (está todo calculado).

Pero alguna reflexión sí que se me escapa. Flexiono una vez las rodillas para volverlas a flexionar, y ya me encuentro reflexionando. A este respecto el amor es lo primero que a uno le viene a la mente cuando reflexiona las rodillas. Siempre el amor (hay una relación extraña entre el amor y las articulaciones que les invito a descubrir). Y pienso cómo se manifiesta en las distintas etapas de la vida.

A edad temprana los niños tratan de llamar la atención de las niñas tirándoles del pelo o arrojándoles globos de agua. En esto yo era un lince. Recuerdo cómo a los 11 años iba persiguiendo a mi presa y desde unos 6 ó 7 metros de distancia le estampé el globo en toda la cara. He de advertir que este método no da los resultados pretendidos porque la chica, si me recuerda, lo hará con odio. Pero es importante que te recuerden, eso significa que, por lo menos, eres un pensamiento. Fue un punto cúlmen en mi relación con las mujeres.

En una etapa un poco posterior los niños tratan de impresionar a las niñas presumiendo de esas cualidades que les adornan y que ellos consideran que dejaran patidifusas a los ejemplares del otro sexo. ¡Y qué razón tienen! En cambio, los adolescentes, una vez superan la fase de la vergüenza en la que su color habitual es el rojo, intentan conquistar a las féminas haciendo como que pasan de ellas, como si no les importaran. Es la técnica del pasota.

Los jóvenes y los adultos verían reducidas sus posibilidades a piropos y otros halagos (y a la cuenta corriente) si no fuera porque las mujeres se los tragan de verdad. Tengo que practicarlo algún día.

Y ya las personas de más edad, que no están para perder el tiempo y que han cabalgado sobre las olas de la vida mostrando su manejo del timón, las velas y otros aparejos náuticos, manifiestan a las claras sus preferencias con una lista de puntos básicos que el otro debe poseer o aceptar: “Lo siento pero no hay nada que hacer, no cumples mi tercer requisito”. Aunque, entre nosotros, suelen ser poco exigentes en sus requisitos. Me han dicho que la mayoría admite la dentadura postiza.

He de decir, no sin cierto sonrojo, que me hallo en la fase más primitiva de todas, la de los globos de agua. Vamos, que si me dejaran me pasaría el día lanzando globos de aguas a las chicas que me gustan (y parecería una epidemia, porque son tantas…). Como esto no es muy serio quiero pasar a ésa segunda fase en la que los chicos tratan de impresionar promoviendo esas cualidades que resultarían más apreciadas entre el género opuesto. ¡Todo sea por evolucionar! Algo así como vender la mercancía mediante anuncios publicitarios y carteles. Lo que no sé es cuáles de las buenas cualidades que me adornan me servirían para conseguir este objetivo. ¿Me ayudáis a elegir?:

1. Mi consabida capacidad de trepar a los árboles (siempre temeré el momento en el que alguien me obligue a exhibirla de verdad).

2. Mi potencial figura anoréxica .

3. Escribir muchas tonterías sin sentir por ello una vergüenza desmesurada.

4. Mis sombreros.

5. Mi afición por el sexo oral.

6. Mi superpoder para detectar imbéciles.

7. Mi torpeza en el baile, que despierta la compasión natural en las féminas.

8. Mi capacidad sobrenatural para hablar con rimas.

9. El sonido estridente de mi voz.

10. Mis conocimientos autodidactas en fusión nuclear.

11. Mis interesantes anécdotas de cuando tenía seis años.

12. Mi confusa identidad con los babuinos.

13. Mi colección de piedras volcánicas.

¿Tengo alguna otra que se me haya pasado? En fin, la suerte está echada, me abandono a su criterio. Pondré en práctica las sugerencias y ya informaré los resultados.


Todo lo que quiero es ser un buen padre
tener un perro negro
la chimenea prendida
y un vaso de vino
un cuarto oscuro
la cama abierta
la mujer en mí
humedad de amigos
dejando caer gotas sobre mi pelo viejo
pisar las hojas secas del jardín
reír sin temor de los recuerdos
vestir el traje del tranquilo
y morir debajo del lecho
¿entonces por qué tengo que ir al kindergarden?


Cine

Tristemente debo decir que no recuerdo el primer videoclub que pisé en mi vida. Pero sí recuerdo que lo regentaba un bigotón con pinta de moderno para su edad y su tiempo, recuerdo también su coche rojo (un Seat, creo) tenía una pegatina enorme que se leía Joneymel. Según supe luego, eran las iniciales de los nombres de sus tres hijos. No puedo decir realmente que yo viera mucho cine sacado de aquel videoclub: más bien, traté de robarme videojuegos del nintendo 64, que estaba recién salido por aquel entonces. Yo era el típico niño flaco y feo que todos ustedes imaginan perfectamente, y adoraba a Dragon Ball y Pokemon. Así que yo entonces sólo iba al videoclub a mirar el Dragon Ball Final Bout, que valía pocos pesos, y para mí los estantes con VHS eran los que estaban detrás de los videojuegos, y al lado de la salita con una cortina que guardaba el porno. El siguiente videoclub al que me apunté ya me agarró siendo capaz de ir andando solo al barrio de al lado. Aquel videoclub, un local pequeño al lado de un puesto de chucherías de inevitable visita, fue para mí durante mucho tiempo lo que para Bastian cierto ático o para Borges la biblioteca de su padre: un sitio donde escapar durante horas a un sitio que aun hoy me sería difícil describir. Aún recuerdo vivamente a mi yo de 11 o 12 años mirando la portada de los recién salidos DVDs de eXistenZ pensando: “¡pero si eso no se escribe así!, y además se la mamaron con las mayúsculas”. También cabe decir que en ese club conocí grandes títulos del porno de adolescentes neófitos en la materia, por cierto (El confesionario y otras joyas). Concretamente, hubo un verano en que pasaba casi todas las tardes en un club totalmente diferente mucho más lejos de casa. Me cogió ya con los 13 o 14, con la adolescencia a flor de hormona, el jerbi mental en la sangre, las sudaderas de The Beatles y la cadena de Jesús al cuello. Ya se lo imaginan. También coincidió con la época en que me dio por dar más vueltas en el PC que un maricón en una piscina, y por pensar que en 64 GB podían caber todas las películas que yo quisiera ver a lo largo de mi vida. Así que me alquilaba dos, tres o cuatro cada día, todo DVDs ahora, y trasteaba con ellas en el PC. En el proceso de trastear con ellas las veía, claro. Vi más de cien películas de todos los tipos aquel verano, casi seguro. También en ese videoclub, regentado esta vez por un treintañero regordete y friki consolero (ah, las almas gemelas), tuve mis primeros contactos con la mezcla mortal para el estómago pero deliciosa que es la cerveza Indio medianamente fría, los Delicados y los paquetes gordos de Doritos. Todavía muchos días estoy tentado de volver al barrio a ver si el videoclub sigue abierto, pero seguramente eso lo estropearía todo. No quiero volver. Finalmente, el último videoclub por el que paré fue diferente, desangelado. Tal vez porque por entonces ya tenía 16, y había perdido las ilusiones, los ideales, y me había convertido en el cabrón cínico que conocen todos los que me conocen. Me gustaba parar por el videoclub a mirar los estantes, investigando por si encontraba algo interesante entre spidermans, hulks y demás cosas. Todo esto desontoxicado por el espíritu esnob del que siempre me quiero andar purgando, a pesar de entonces no tener ni puta idea de qué significaban palabras como neorrealismo ni quién era ese tal Griffith. En fin, en aquel tiempo disfrutaba charlando con el dependiente de tonterías y de los estrenos de la semana y de la carrera de Jack Nicholson, pero en el fondo le consideraba un ignorante y le despreciaba, como entonces lo despreciaba casi absolutamente todo. Una corrupción del alma de la que aún me avergüenzo hoy. Así que al poco tiempo dejé de ir. No puedo recordar nada más de ese sitio, a pesar de que es el más reciente de todos. El color claro de la madera de los estantes, y que ahora, si mal no recuerdo, es una floristería y tiene delante una parada de autobús. Y luego poco más que merezca la pena contar. Media Player Classic, Videolan, eMule, BitTorrent. Sí, ahora tengo 2000 GB de discos duros enchufados a mi ordenador y puedo descargarme y ver las películas que me dé la gana y cuando quiera. Pero luego no puedo comentarlas con quien quisiera ni como quisiera, y me limito a poner un numerito feo y, si ando animado, escribir seis o siete líneas para FilmAffinity, y guardar la película en la colección. No hay risas, ni discusiones, ni mujeres, ni cervezas, ni tabaco ni Doritos. Que sí, que es todo el cine que yo quiera. Pero ¡puta madre!


El síndrome de Ulises

No solo Julio Ramón Ribeyro, Bryce Echenique y Vargas Llosa se fueron a París. No fueron los únicos peruanos que se dejaron guiar por la luz de la ciudad luz. Y tampoco fueron solo peruanos los que se fueron a París, sobre todo durante la década de los 50. También se fueron argentinos, bolivianos y españoles. Pero no sólo Cortázar se fue a París, ni sólo Jorge Enrique Adoum ni Jorge Volpi ni Juan Goytisolo.

Sucede que no solo los países tienen sus capitales. Las épocas también las tienen. Y París para entonces era una capital, un centro del mundo. Sin embargo, existe la idea romántica de que París era solo una meca para los intelectuales y los enamorados, lo cual es apenas cierto. Algunos movimientos muy importantes para la producción intelectual y artística del siglo XX se dieron lugar en la ciudad francesa. Y lo que es más importante para Latinoamérica, es que el Boom Latinoamericano tuvo uno de sus centros más importantes en esta ciudad europea, ya que varios de las principales figuras vivieron allí y desde allí escribieron.

Santiago Gamboa (1965) fue uno de esos escritores que no sólo fueron a  París, sino también allí escribieron y vivieron. Éste narrador Peruano es uno de los más influyentes de la literatura contemporánea, aunque su asqueroso ego y su inflada personalidad lo destituyan de un mejor puesto en quienes de alguna forma lo admiramos.

El Síndrome de Ulises es una novela que, precisamente, trata de París, donde trata sobre extranjeros que de una manera u otra transitan por esta ciudad. Los personajes, casi siempre fracasados, sufren las peripecias que sufre cualquier latinoamericano que migra hacia el norte. Personajes que pasan por situaciones verdaderamente adversas, en donde se vive el día a día, sin la promesa de uno siguiente. En otras palabras, la típica situación del migrante que va a buscar mejores días en el norte. El choque de dos realidades en cuya explosiva intersección surge una criatura nostálgica y oscura. Esta criatura, que no es estática, se repite en algunas de las páginas más emblemáticas de la literatura latinoamericana y que a veces ignora el París de Hemingway y vive en el París del metro, las ratas y los cuartos minúsculos. Santiago consigue unir a todos estos personajes en una sola novela donde no sólo habla sobre latinos que viven en una ciudad. Sino de la manera violenta en que la ciudad se apodera de los personajes y como ellos reaccionan ante ella. Porque la ciudad les impone retos como el idioma, el exilio, la identidad, la nostalgia, el fracaso y el olvido. Al final, la novela deja la sensación de haber leído la historia de América Latina. La historia que no se cuenta en las Guías Turísticas de una ciudad. Una historia, que no habla de museos, ni de las figuras que pisaron las calles parisienses. Que no habla de Vargas Llosa, de Cortázar o de Bryce Echenique. Habla de los que no se habla y vivieron en el triste París.


Matrimonio gay

-¿Qué opinas sobre la legalización del matrimonio gay?
-Que ya es hora -respondí.

¿Por qué? , pues porque prohibir el casamiento entre homosexuales es una forma de discriminación inaceptable, simplemente no hay justificación para la prohibición del mismo; es algo que no debería ser visto como es ni tampoco ser tratado como tal. El matrimonio no es más que un tipo de contrato civil y no puede haber ninguna justificación para prohibirle a una persona celebrar un tipo de contrato con cualquier otra persona que le parezca adecuada para celebrar dicho contrato. Pareciera que los que se oponen al matrimonio homosexual no se dan cuenta que TODA sociedad YA permite a los homosexuales casarse y adoptar. Cualquier hombre homosexual se puede casar con una mujer heterosexual u homosexual y adoptar niños, Lo mismo con una mujer homosexual que puede casarse con un hombre homosexual o heterosexual. A una pareja así la sociedad no le pone reparos. Por lo tanto lo que se quiere prohibir no es que los homosexuales se casen, pues ya pueden hacerlo; lo que se quiere prohibir es que escojan libremente con quien casarse, y eso no es justificable de ninguna manera. Otra cosa particularmente perversa, pero intrínsecamente relacionada es el argumento de la adopción, porque es particularmente discriminador con los hombres homosexuales, pues en el caso de las mujeres, hay muchas lesbianas que se embarazan (a veces por inseminación artificial) y crían a sus hijos con sus parejas homosexuales. Por mucho que le desagrade a una persona la homosexualidad, la prohibición no tiene nada que ver con la “normalidad” sino con la discriminación. Desgraciadamente hay enormes e innumerables prejuicios qué vencer. Que si son exhibicionistas ¿y las parejas heterosexuales? Ellas también se besan en los parque y en las calles en todos lados; si mi novia y yo lo hacemos y caminamos tomados de la mano ¿Porqué las parejas homosexuales no deberían hacerlo? Que si los homosexuales se dedican a la prostitución. Eso es una tontería, la prostitución no es más frecuente entre homosexuales, y si hay mucha es en gran medida porque la homosexualidad en la población abierta sigue siendo de closet. Que si los homosexuales no pueden adoptar niños porque qué van a decir los otros niños. Esa es la justificación más desvergonzada de la discriminación sexual que puede haber. Con esa idea hasta el divorcio estaría prohibido. Lo que los otros niños van a decir es lo que digan sus papás y si sus papás dicen que no tiene nada de malo ni de raro, pues se acaba la extrañeza, en fin… se pueden enumerar miles de prejuicios absurdos, y hay que ir derrotando cada uno. Por mi parte, me alegraría.